El eterno cuento hetero

Crecimos en una época en la que la mayoría de las series y películas nos vendían la misma historia: chica conoce chico, chica pasa por mil dificultades y obstáculos para, al final, encontrar la felicidad con él. Ese era el guión que seguíamos sin cuestionar, porque era lo único que veíamos. Si te parabas a pensarlo, parecía que todos los caminos conducían al chico de turno. Pero para nosotras, las saficorras de la época, ¿qué nos quedaba? Prácticamente nada. No había historias que nos representaran, y si las había, eran rarísimas y siempre relegadas a personajes secundarios.

Desde las tramas más simples, hasta los finales “felices”, la narrativa era siempre la misma: conseguir al chico lo era todo. Las películas adolescentes y las series juveniles nos enseñaban que la felicidad y la plenitud sólo llegaban cuando la protagonista se iba con su galán a vivir su historia de amor verdadero. Así que, si ya era difícil identificarse con relatos para muchas chicas, para las que nos salíamos de la norma, era aún más complicado.

¿Dónde están las bolleras?

La falta de representación sáfica en nuestra adolescencia fue abrumadora. No veíamos a chicas que amaran a chicas en la pantalla, o si lo hacían, era en historias marginales, donde esas relaciones se trataban como algo trágico o pasajero. Las películas que más consumíamos nunca nos mostraban que podíamos vivir un romance o encontrar nuestra propia versión de un final feliz. Parecía que solo había un camino posible para ser aceptadas: estar con un chico.

En las series juveniles más populares, la protagonista siempre terminaba enamorada del chico guapo, y todas las tramas giraban en torno a esa relación. ¿Dónde estaban las historias de chicas enamorándose de otras chicas? Simplemente, no existían. Y eso nos dejaba con la sensación de que, o no éramos visibles, o nuestro tipo de amor no era digno de ser contado.

La transformación mágica

Y, como si eso no fuera suficiente, muchas veces el mensaje era que para que la protagonista consiguiera el amor, primero tenía que transformarse. En películas como Princesa por Sorpresa o Betty la Fea, la chica pasaba de ser "fea" o invisible a "guapa" y atractiva, y entonces, mágicamente, el chico se fijaba en ella. Quitarse las gafas, alisarse el pelo, y de repente, todo cambiaba.

Aunque esta narrativa no afectaba directamente a la representación lésbica, sí reforzaba la idea de que las chicas solo eran valiosas si encajaban en un molde de belleza, lo que sumaba otra capa de presión. Si ya de por sí no teníamos historias que reflejaran nuestras experiencias románticas, encima también se nos pedía cumplir con estándares de belleza irreales.

Un Cambio Necesario

Hoy las cosas han mejorado un poco. Cada vez más películas y series comienzan a incluir personajes lésbicos, y lo hacen de forma más natural, sin convertirlo en un tema tabú o trágico. Pero aún nos queda camino por recorrer. Es fundamental que las adolescentes de hoy tengan referentes que les muestren que sus historias de amor son válidas, que pueden vivir finales felices sin tener que cambiar quiénes son o a quién aman.

Porque al final, nuestras vidas también son dignas de ser contadas, y merecemos ver nuestras propias versiones del "felices para siempre" en la pantalla. No todas las historias tienen que terminar con un chico, y nosotras somos la prueba de que hay muchos otros finales igual de bonitos y significativos.

¿Tú también sentiste la falta de representación en tu adolescencia? ¿Qué historias echaste en falta? ¡Nos encantaría leer tus reflexiones en los comentarios!

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