Marimacho

Querido diario,

Hoy me han llamado marimacho. No sé cuántas veces lo habrán dicho antes, pero esta vez me ha dolido. Ha sido en el patio, en medio de un partido de fútbol. Yo iba corriendo con el balón, esquivando piernas, a punto de chutar. Y entonces, lo he oído.

"Marimacho..."

No lo ha gritado. Ni siquiera ha hecho falta. Ha sonado como algo que no era bueno.

Por un segundo, me he quedado quieta y he mirado a mi alrededor, ninguna niña jugaba con nosotros. Estaban en su lado del patio, como siempre y yo, sin darme cuenta, había cruzado la línea.


Tenía 11 años, quizá 12, y ya estaba rompiendo una norma que nadie me había explicado, pero que todos parecían conocer.

Desde entonces, la palabra marimacho me acompañó como una sombra. La escuché cuando elegí chándal en lugar de falda, cuando preferí jugar con coches en vez de peinar muñecas o cuando dije que las princesas Disney me aburrían y que yo quería ser Mulan.

No importaba lo que hiciera: siempre había alguien dispuesto a recordarme que no estaba actuando "como una niña". Como si la feminidad tuviera un manual de instrucciones, como si yo hubiera nacido defectuosa por no seguirlo.

Durante un tiempo lo intenté: me empecé a poner vestidos y me forcé a jugar a lo que se suponía que debía gustarme, en definitiva, me convencí de que si lograba encajar, si dejaba de dar motivos para que me llamaran marimacho, todo sería más fácil.

Pero no lo fue.

Porque el problema nunca fui yo.

El problema era el miedo de los demás a que nos saliéramos de la norma. A que una niña pudiera correr, jugar, gritar, decidir y existir más allá de lo que se espera de ella.

Hoy, si pudiera hablar con esa niña que se quedó quieta en el patio, le diría que siga jugando, que siga corriendo y que siga marcando goles.

Que el problema de ser marimacho nunca fue mío, el problema fue vivir en un mundo que no estaba preparado para niñas como yo y que lo mejor que pudimos hacer fue romper ese molde.

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