Medievo Llodrama
HILDEGARDA DE BINGEN
En el siglo XII, cuando lo más emocionante que podía hacer una monja era rezar o plantar hierbas medicinales, Hildegarda de Bingen decidió convertirse en la Beyoncé del misticismo: escribía, componía, tenía visiones y fundaba conventos como quien abre un brunch en pleno centro de Madrid.
A su lado estaba Richardis de Stade, su compañera inseparable, su mano derecha y probablemente la única persona que entendía sus iluminaciones sin poner cara rara. Trabajaron juntas durante años: Richardis copiaba sus textos, organizaba el convento y, básicamente, era su persona.
Pero entonces, plot twist: el hermano de Richardis, que era arzobispo de Bremen, decidió apartarla de Hildegarda y nombrarla abadesa de un convento lejano.
Richardis obedeció la orden (porque voto de obediencia y todo eso) y se fue.
Hildegarda, que debía ser piscis con ascendente tauro, se vino abajo. Le escribió cartas mazo intensas donde le pedía que no se fuera y le decía cosas como:
“Me encantó la nobleza de tu conducta, tu sabiduría y tu castidad, tu alma y toda tu vida, tanto que muchos dijeron: ¿Qué estás haciendo?”
O lo que es lo mismo, le gustas a alguien y no te voy a decir quién soy.
Poco después Richardis murió, y el dolor de Hildegarda fue inmenso, pero como muchas grandes artistas, canalizó su sufrimiento en su arte.
Muchos creen que Richardis fue la inspiración para Ordo Virtutum (“Juego de virtudes”), una obra musical sobre un alma que es tentada por el diablo y luego se arrepiente.